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15 mayo 2012


He decidido dejar de tener nombre: me he hartado. En definitiva, es algo pesado e innecesario, por completo inútil; porque, a ver, dime: ¿es que acaso se puede tener un nombre propio?, ¿una palabra con la que decir quién se es?
Y ahora que ya no me llamo de ninguna forma, esa cretina, forastera vacía, sigue mirándome con ojos breves desde el otro lado del espejo. Ha venido de visita.
Sólo esas pocas personas que han tenido algún contacto conmigo -físico o dialéctico, indirecto o jurídico- creen que un día lo tuve; la gente, toda, lo intuye. El mundo lo ignora.
Pero por fin hoy es mañana: Ricoeur sigue siendo.
Y existir no existe.