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08 mayo 2013

Dientes de abuela


De camino hacia la cama por el pasillo, me crucé con la abuela, que salía del baño, como cada noche, brillando entre reflejos intermitentes de luz sobre los pliegues de su camisón de raso que, más que anzuelo de sueño, me parecía a mí lo único que, en justicia, debería envolverla: su vestido de princesa; A mí no podía engañarme.
Una tarde corrí a sentarme en su regazo y le enseñé el diente que se me había caído.
- ¡Mira, abuela!, seguro que viene el ratoncito Pérez.
Ella lo sostuvo entre las manos, cruzadas de venas de sangre azul: Era evidente que se disfrazaba de abuela por el día y por la noche olvidaba el embuste, y –supuse- sería por el estrés de fingir ser quien no era por lo que, de un día para otro, había dejado de reír y el llanto le había cosido los ojos con hilo rojo.
Pero aquella noche -feliz porque Pérez me recompensaría por mi reciente pérdida, optimista por todas las venideras-, vi el vaso sobre la mesilla de la abuela con sus dientes en remojo y entendí su tristeza: ¿cómo iba a ilusionarse, si a ella ya le había devuelto todos los suyos?