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09 septiembre 2013

Café y solo

No llovió. A pesar de todo el calor que habíamos hecho entre los dos la noche anterior, ni siquiera el cielo había amanecido sudando sobre Madrid. No como tú cuando en aquellos días sonreías a las comisuras de mis sábanas.
Supongo que fue aquella misma mañana, en cuanto nos empezó a pesar el reloj y nos escabullimos sólo para encontrar el abrigo de ese rincón oscuro, al fondo de la barra en el bar de la esquina, ¿te acuerdas?, ése donde nadie nos conocía. Pediste un café y me sorprendí.
- Anoche dormí poco…
Recuerdo muy bien el andar perezoso del camarero y su sonrisa coja de dientes cuando te trajo el desayuno. Te serviste doble azúcar y en seguida la cucharilla descubrió una galaxia de puntitos lácteos, en espiral, sobre el café.
Esperaste, te vi hacerlo; Te tomaste tu tiempo para mover ese universo diminuto, tal vez intrigado, hasta que en el centro se formó aquel hueco oscuro, sin fondo, asesino de materia, y engulliste de un solo trago decidido el agujero negro de un mundo ajeno, encerrado en una taza.
Por supuesto que no le dimos importancia; Y sin embargo desde entonces no ha dejado de crecerte el vacío.
Ya no me echas de menos.
Ni tomas café.