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28 febrero 2014

Madrid

Sería el olor de las siete, tal vez, con Madrid por zapatos: la amenaza, la voz muda de alarma que no supo interpretar cuando, a las siete del martes, alguien bajó por su lado, entre nubes de Loewe, esa calle que subía.
Todas las promesas suspendidas llovieron. Los paseos antiguos se le enredaron en el pelo, los dedos de las manos llenos de su ausencia, cada 29 de cada mes tapándole los ojos, los besos muertos le mordían los talones, su nombre se le clavaba en las encías. La sangre hecha palabras y la cuesta hacia el olvido, tan cerca por fin, le pareció de pronto insoportable.
A las siete y un minuto, en Madrid, la melancolía le volvió la mirada hacia la ciudad destruida y allí mismo, de pie, se hizo de sal.

Hoy es mañana todavía.
A. Machado

12 febrero 2014

La huella de tu ausencia

Haberme muerto antes
para sentir tu ausencia
en los aires difíciles.


Manuel Altolaguirre, Soledades juntas


Últimamente el tiempo se está convirtiendo en otra cosa; en un extraño de visita apresurada por mis propósitos, un tanto desobediente, que no tiene vergüenza en marcar el ritmo de los relojes con instrumentos improvisados y ostentando la crueldad de elegir la velocidad a la que deben bailar las agujas.
Hace unos días se reía de mis minutos sobre los renglones de una novela inacabada; antes había trazado años en el suelo con las ruedas de tu silla de (des)recuerdo. Mañana el tiempo dibujará su pena con manchas de humedad en cualquier pared olvidada de pintura, cuando tu ausencia sea la marca de un cuadro descolgado. Pero ayer el metrónomo del mundo fue el tic-tic del gotero sobre tu cabeza incendiada: la gasa helada sobre la frente y mis labios, como siempre, ignorantes de la infección cuando te rozaban.
Tú lo hacías mucho mejor para mí aunque ya no recuerdes que un día fui tu Neli y solías abrigarme en tu cama en las madrugadas de otros eneros menos feroces que éste, calentándome los pies y mojándote en mi fiebre con un beso, siempre eficaz, más indulgente tu medida que la del reloj.

Hubiese cedido con gusto parte de mi exceso de memoria para que te acordases conmigo, antes de marcharte, de que fuiste tú quien me enseñó a leer las horas. Recordaríamos también las partidas de parchís y los paseos por el parque; los bocadillos de calamares, los veranos de Moralzarzal y las noches madrileñas. Lo mucho que te reías de mí porque quería coger mis cositas y marcharme lejos en mi triciclo; aquellos días en que yo me reía porque te tocabas la nariz con la lengua, ésos en los que me enfadaba porque no sabía atarme los cordones de los zapatos y otros porque me quitabas el chupete. Sí, claro que me acuerdo.
Ahora suelo sonreírte cuando como sola, imaginando que podrías estar a mi lado, y libero mi mano al aire como si el aire tuviese tu piel, porque sé que hoy vivo gracias a ti, que apostaste por esta causa perdida que soy, y tu paciencia infinita me llenó el estómago de oportunidades con el esfuerzo de un cazador resignado a engañar a su presa hasta condenarla a la salvación.
Ya nunca sabré si me quisiste con tanta generosidad porque fui niña o si, vencido el silencio de tu distancia anunciada, habrías sabido querer a ésta otra, también ausente, que me mira desde el otro lado del espejo cada mañana y garabatea renglones torcidos para ti en la huida, confiando en que tu gusto por la lectura, que olvidaste después de mi nombre, le tienda a la despedida un hilo por el que conducirse. Porque tu nieta, a quien educaste con exceso de detalle en los recuerdos que te guardan, ya sólo existe entre palabras, cuando tú ya te has evaporado muy poco a poco, burlando al tiempo, gota a gota hasta el final… dejándome los pies fríos.

Tal vez me haya quedado con los recuerdos que tú no pudiste retener porque te vas sin equipaje y, ahora que yo soy sólo el vacío estafado por los minutos, el tiempo cruel no me deja de ti más que una huella pálida en la pared, esta Nada que me susurra que hubo una mirada azul allí donde hoy sólo queda tu ausencia.