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29 abril 2014

Big Bang


Dejad que cure yo sus desdichas
y que con vino sean aliviados
.
B. Brecht

Observé desde el umbral de la puerta a aquel ser excepcional, que leía en la penumbra de nuestro piso madrileño, preguntándome cuándo reuniría valor para confesarme que me compró un buen día en el mercado negro, o que me cambió, quizás, por un Seiscientos… Así fue como mis padres se conocieron: era la mía una teoría de los orígenes muy válida…
Tomé asiento a su lado y fue entonces cuando me atreví; en aquel instante, en un piso oscuro de Madrid, al fin se lo dije:
Mamá, quiero que me enseñes a coser.
Mi madre dejó de entornar los ojos, buscando letras, y los abrió mucho para dejar escapar al galope todas las palabras a través de aquellas praderas con las que siempre me miró.

Había pensado que sería útil para mi independencia en construcción aprender a coser, igual que aprendería a cocinar o a conducir: arreglar un calcetín, un dobladillo, lograr (mágicas artes las de la costura) que mi abrigo tuviese más de un botón apenado por la ausencia de amigos…
Dos días más tarde, aquella señora –mi madre es una señora- que me dio la vida (o eso asegura) estaba acomodada de nuevo en el sofá entre tinieblas, con el mismo libro entre las manos: me esperaba a mí. Le di un beso y me senté a su lado, como siempre y como nunca.
Apartó un momento el libro sobre la mesita de café, se volvió hacia su derecha y retornó a mirarme con un trapajo en la mano y en la otra una aguja enhebrada.
Ya verás que el punto de cruz es muy fácil...
Ésta es la historia, pues, de cómo aprendí a bordar cuando quise coser. No opuse resistencia.

Mientras deshacía un nudo traicionero que me amenazaba con la sedición de sus compañeras, las hebras, de mi diseño en tela, intentando mantener los nervios, subí la mirada y vi que mi madre se sonreía de soslayo por mi torpeza: ella, que había creado con su aliento todo lo útil que habitaba en aquella casa oscura; ella, que era la luz donde el sol no nos visitaba, tenía una hija dispuesta a zurcir telas maltratadas pero incapaz de soñar con hilo.
Mi madre, extranjera castiza, es la única persona que sabe bordarle ilusiones a la penumbra, derretir mis inviernos entre sus brazos, hacer jirones de pena deshilachada para limpiar después con ellos lo que me sobra... Sospecho que sus piernas son las columnas que sostienen el mundo, presiento que el origen del universo sólo pudo ser un Big Bang si la guerra arrancó a latir allí donde hoy comienza su falda.