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15 abril 2012

El canario

Llevaba ya seis plácidos años pacíficos viviendo en ese piso: luminoso, acogedor, tranquilo… No era demasiado grande, pero al fin y al cabo tampoco él lo era, y sólo estaba él. Tenía espacio suficiente.
Seis años de felicidad apacible. Seis inviernos acurrucado en su sofá calentito y mullido cada tarde, en compañía de un buen libro; seis veranos disfrutando del balconcito modesto desde el que, si se esforzaba bien, estiraba el cuello generosamente y miraba con cuidado, casi podía vislumbrar Ópera; seis años de feliz convivencia vecinal. Entonces, un día, llegó el canario.
La anciana viuda que vivía en el piso de al lado recibió un inesperado regalo de uno de sus nietos una tarde de abril. Colocó la jaula en su terraza, contigua a la suya, ofreciendo así alojamiento a aquel saco de plumas con pico y patas que gorjeaba a todas horas cada día de la semana. Cantaba a cada minuto, sin respetar las siestas ni bendecir las fiestas dominicales, sin fines de semana ni puentes, sin reuniones sindicales ni moscosos. Aquel bicho asqueroso trinaba, infatigable, durante todas las horas de luz. Cuando el ocaso empezaba a amenazar con llevársela, inflaba al fin el buche, con la mirada de esos dos ojillos (negros, como pintados al detalle, que tenía) perdida en algún lugar del horizonte y entonaba un nuevo solo, más agudo, más prolongado, más mezquino, si cabe, que cualquiera de sus predecesores, y se mofaba así del sol agonizante tras las líneas de los edificios de Madrid.
Él estuvo convencido durante todos aquellos meses de que ese pájaro aloque cantaba la muerte de la luz, y sabía que lo hacía regocijado en el placer que otorga el denuesto que nuestros propios actos pueden provocar en los demás: no en el sol, sino en él, que, desquiciado por ese trino agudo y perpetuo, arrastrado por la concupiscencia hacia esos parajes oscuros donde deseamos la muerte ajena, comenzó a ver cómo se le caía el pelo por el estrés. A veces de noche creía oírlo todavía, piando en su jaula en un duermevela ruidoso como diciendo entérate, no pienso salir jamás de tu vida, ya nada será como era. 
Y así, tal como había llegado, se marchó sin más una mañana de octubre. La ancianita del cuarto izquierda salió a recoger la jaula para limpiarla y encontró tan sólo la cabeza de su canario, devorado el cuerpo por las urracas. Se fue sin avisarlo y su vida nunca volvió a ser como había sido.
Ya no oía nada durante la noche; no sonaba nada durante el día; respetó la contemplación de aquel primer domingo y santificó todas las siestas; guardó silencio cada fin de semana y el puente de la Hispanidad. Ya ningún bichito rojizo entonaba un trino; Ningún canto agudo y sostenido colmaba sus horas, iguales y tan distintas que las de antes de que aquel canario advenedizo se formase un hueco en su rutina, la transformase en desesperación y, al desparecer, dejase al descubierto el ruido insoportable del vacío.

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