He decidido
dejar de tener nombre: me he hartado. En definitiva, es algo pesado e
innecesario, por completo inútil; porque, a ver, dime: ¿es que acaso se puede tener un nombre propio?, ¿una palabra
con la que decir quién se es?
Y ahora que
ya no me llamo de ninguna forma, esa cretina, forastera vacía, sigue mirándome
con ojos breves desde el otro lado del espejo. Ha venido de visita.
Sólo esas
pocas personas que han tenido algún contacto conmigo -físico o dialéctico,
indirecto o jurídico- creen que un día lo tuve; la gente, toda, lo intuye. El
mundo lo ignora.
Pero por
fin hoy es mañana: Ricoeur sigue siendo.
Y existir
no existe.
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