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03 noviembre 2015

Dragón

El escritor es sólo un gestor de nostalgias practicando un deporte de invierno, de escarcha en las ideas y sangre helada sobre un papel que sería mudo sin el calor de una mirada intrusa. La escritura es para derretir penas hechas bloque y gritarle al eco.
Tal vez por esto sea capaz de llorar muchas otras tintas pero me cueste tanto escribirte precisamente a ti, que eres siempre, sin falta, el vértigo de una lágrima despeñada cuando más me hace falta oírte decirme aquello de que el sentido común es el menos común de los sentidos. Es imposible que me abrigue el frío en la vida si al otro lado del abismo te tengo a ti, dispuesto a devorar melancolías, a ser arbotante de mis ruinas; a soplar calor donde fragua el olvido de los cuentos de hadas, guardando el sueño de la princesa con fuego.
Los dragones creen ver perfidia cuando se reflejan en un cristal cualquiera y a menudo se confiesan nihilistas, ignorantes de que sólo hay aliento donde ellos quisieran mostrar los dientes. Gracias a Dios que eres ateo y sabes partir el pan, servir el vino, sin esperar por ello la redención de las sombras.
Quizá deberías ser tú quien repartieses felicitaciones hoy, porque el tres de noviembre es el ocaso en el que amanecemos todos los que formamos parte de tu mundo. Y, de todos nosotros, si hay alguien a quien nunca le falta la luz, merecedora o no de ella, es a tu hija, gestora de nostalgias, orgullosa portadora de sangre de dragón noble. Aprendiz obstinada de llegarte a la altura de las escamas si el alma pudiera aprenderse.

Si el huracán del porvenir
arrasara las fronteras
(...)
Si volvieran los dragones...
Sabina

23 febrero 2015

Signos

Podría haber sido la noche donde todas las promesas duermen el sueño eterno cuando callaba. Era, sin duda, la caverna que ensombrecía las ideas y el abismo que veía despeñarse mis deseos inconfesables cuando la abría.
Había aprendido a guardar restos de letras a medio masticar entre los dientes, que a menudo recuperaba con un solo pase de lengua para tragarlas en un instante, sin piedad y sin agua. Esperé durante mucho tiempo a que liberase alguna al vacío, para devorarla a mi vez, aun sin esperanzas de ser capaz siquiera de cazarla al vuelo...
Últimamente callaba tanto y mordía tan fuerte que me sorprendí, a pesar de todo, cuando logré quitarle la chaqueta. Le hablé de secretos, susurré mis manos por su piel... pero descubrí que había cambiado la ropa interior por palabras, con la condena definitiva de arrastrar el silencio tatuado en la voz, y me echó de allí con la misma ternura que usaba para asesinar signos.

Y la vida no es sólo una interrogación
No es sólo ese guarismo de serpiente lasciva
que al morderse la cola una soga nos lega

C. E. de Ory

04 enero 2015

Disfraz

Soltar un comienzo para anudar un final.
Llenar la mesa con nuevos cables de un porvenir todavía enredado, con los buenos deseos a salvo entre los dientes de un archivador que muerde las horas antiguas, salivando la tinta de los nombres que se quedan.
Empezar el año con un desenlace... y sonreír a la oportunidad porque anda siempre jugando a disfrazarse de derrota.

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho
.
Á. González

23 junio 2014

Jueves

Hace tiempo que es de noche todo el día.
L. E. Aute

La oscuridad habla en susurros. Camina de puntillas por los rincones de la conciencia para no despertar las sospechas de la razón cuando espero
a que llegues hasta aquí: la misma calle de siempre, siempre un jueves distinto; los relojes mudos hasta que al fin le doy caza a tu perfume y
tus tacones se acercan, discutiendo entre la muchedumbre, y escucho cómo haces latir el tiempo sobre el asfalto.
Tal vez la penumbra juegue al escondite además con la memoria y nunca te detuviste a mirarme. Es probable que no arrojases una moneda a mis pies pero hoy, tus palabras abrazándose a las notas de otra voz que te acompaña y no es la mía, sé que querré sellarme también los oídos.

11 junio 2014

Recado a la casualidad

Sostuvo la pestaña desertora sobre la yema del dedo y sopló con todas sus fuerzas para evitar que se perdiera aquel recado a la casualidad, pidiendo que volviera su sonrisa a las siete de la tarde, que el calor del verano hiciese sudar su embozo sólo una vez más.
Sopló para secar la lluvia de aquella noche, respirar con un gesto el aire de la velocidad jugando a hacer equilibrios sobre dos ruedas, abrocharle con el aliento el casco a la cabeza y, tal vez, si la pestaña volase lejos, la curva del final de la calle sería la línea recta de un porvenir que no llega… Porque los besos mudos dejan mensajes en el contestador del destino aunque esté apagado o fuera de cobertura, ahora que el horizonte está lejos de ser el límite y los sueños se derriten con el sol de cada medianoche.

He venido a matarte o a morir a tus manos. L. A. de Cuenca.

29 abril 2014

Big Bang


Dejad que cure yo sus desdichas
y que con vino sean aliviados
.
B. Brecht

Observé desde el umbral de la puerta a aquel ser excepcional, que leía en la penumbra de nuestro piso madrileño, preguntándome cuándo reuniría valor para confesarme que me compró un buen día en el mercado negro, o que me cambió, quizás, por un Seiscientos… Así fue como mis padres se conocieron: era la mía una teoría de los orígenes muy válida…
Tomé asiento a su lado y fue entonces cuando me atreví; en aquel instante, en un piso oscuro de Madrid, al fin se lo dije:
Mamá, quiero que me enseñes a coser.
Mi madre dejó de entornar los ojos, buscando letras, y los abrió mucho para dejar escapar al galope todas las palabras a través de aquellas praderas con las que siempre me miró.

Había pensado que sería útil para mi independencia en construcción aprender a coser, igual que aprendería a cocinar o a conducir: arreglar un calcetín, un dobladillo, lograr (mágicas artes las de la costura) que mi abrigo tuviese más de un botón apenado por la ausencia de amigos…
Dos días más tarde, aquella señora –mi madre es una señora- que me dio la vida (o eso asegura) estaba acomodada de nuevo en el sofá entre tinieblas, con el mismo libro entre las manos: me esperaba a mí. Le di un beso y me senté a su lado, como siempre y como nunca.
Apartó un momento el libro sobre la mesita de café, se volvió hacia su derecha y retornó a mirarme con un trapajo en la mano y en la otra una aguja enhebrada.
Ya verás que el punto de cruz es muy fácil...
Ésta es la historia, pues, de cómo aprendí a bordar cuando quise coser. No opuse resistencia.

Mientras deshacía un nudo traicionero que me amenazaba con la sedición de sus compañeras, las hebras, de mi diseño en tela, intentando mantener los nervios, subí la mirada y vi que mi madre se sonreía de soslayo por mi torpeza: ella, que había creado con su aliento todo lo útil que habitaba en aquella casa oscura; ella, que era la luz donde el sol no nos visitaba, tenía una hija dispuesta a zurcir telas maltratadas pero incapaz de soñar con hilo.
Mi madre, extranjera castiza, es la única persona que sabe bordarle ilusiones a la penumbra, derretir mis inviernos entre sus brazos, hacer jirones de pena deshilachada para limpiar después con ellos lo que me sobra... Sospecho que sus piernas son las columnas que sostienen el mundo, presiento que el origen del universo sólo pudo ser un Big Bang si la guerra arrancó a latir allí donde hoy comienza su falda.

31 marzo 2014

Puzle

Descenderemos al remolino, mudos.
C. Pavese

Un buen día se me secaron las torrenteras de tinta que, en otros tiempos más amables, había alimentado de lágrimas y en ocasiones habían amenazado con hundirme: simplemente dejé de escribir. Tenía muchas cosas que contar, todas las historias de la Historia moridiéndome las comisuras de las ideas, pero ninguna de ellas terminaba de decidirse a tomar cuerpo, a dejar de emboscarse en la indeterminación de un pensamiento peregrino; de visita por mis intenciones y con prisa por marcharse a mejor paradero, todas llegaban sin avisar y huían sin despedirse.
Fue por su abandono por lo que elegí, mejor, secarle la saliva del olvido a aquellas palabras que otras manos habían arrojado sobre un papel sólo para poder condenarlas, en un instante asesino, a ser náufragos solitarios en distintos continentes de celulosa. Se añoraban entre sí de tal forma que a veces las oía sollozar de madrugada, hasta que la sensatez me obligó a reconstruir el puzle de las ideas rotas: me bebí la tinta de quien dijo que los ojos delatan la complicidad que falta en el centro de la ausencia... y las palabras volvieron a ser el mundo.