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11 junio 2014

Recado a la casualidad

Sostuvo la pestaña desertora sobre la yema del dedo y sopló con todas sus fuerzas para evitar que se perdiera aquel recado a la casualidad, pidiendo que volviera su sonrisa a las siete de la tarde, que el calor del verano hiciese sudar su embozo sólo una vez más.
Sopló para secar la lluvia de aquella noche, respirar con un gesto el aire de la velocidad jugando a hacer equilibrios sobre dos ruedas, abrocharle con el aliento el casco a la cabeza y, tal vez, si la pestaña volase lejos, la curva del final de la calle sería la línea recta de un porvenir que no llega… Porque los besos mudos dejan mensajes en el contestador del destino aunque esté apagado o fuera de cobertura, ahora que el horizonte está lejos de ser el límite y los sueños se derriten con el sol de cada medianoche.

He venido a matarte o a morir a tus manos. L. A. de Cuenca.

7 comentarios:

  1. Sabía que podrías.
    Y muy bien, por cierto!
    Como siempre.
    Besos!

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    1. Muy bien no: no siempre sale, pero... gracias sinceras por tu apoyo... y ¡muchas gracias por tu diplomacia!

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  2. Muy bien el relato,escribes genial.Besos blanki

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  3. ¡Qué sorpresa encontrarte por aquí! ¡Y qué honor...!
    ¡Muchas gracias, artista!
    Besos.

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  4. Me quedon con esos besos mudos que se dejan en el contestador del destino. Di se dejan es porque alguien habrá que los recoja.
    Siempre grande!
    Besos letrados

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    1. Sin embargo yo estoy bastante segura de que no hay nadie al otro lado... Sólo se acumulan los pedidos, pero merece la pena zurcir letras, ¡siempre!, si estás tú al otro lado.
      ¡Gracias, Nuria!
      ¡Miles de besos!

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    2. Como me quedón* asín*...te diré que yo siempre estoy al otro lado! Jajaja

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