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13 diciembre 2012

Océano de asfalto

Caminaba cabizbaja porque estaba tan cansada que tenía la sensación de cargar con el mundo, y pesaba de tal forma que me hundía los hombros.
Así entré, admito que con muchas dificultades, en la calle comercial: Había tanta gente que apenas quedaba aire para las personas y, hechos todos ellos un océano, se movían en un oleaje desordenado que amenazaba con ahogarme. Entraban y salían de las tiendas, se paraban frente a los escaparates, imaginándose convertidos en alguien más guapo, menos bajo, mejor amante… con otra ropa, otros zapatos, un embuste diferente, un nuevo disfraz, y ninguna de aquellas gotas se preocupaba al mojarme cuando se tropezaba conmigo sin fijarse en mí.
El mundo, que tanto pesaba, empezó a derretirse desde detrás de mis cascadas y tuve miedo de hacer el ridículo, allí: llorando a solas entre tanta gente como un actor sin atrezo en una escena vacía.
Los escaparates reflejaban a los viandantes. Me acerqué hasta un coche aparcado para ver mi cara en el retrovisor y en seguida supe que todo había terminado: cuando en el espejo no encontré ninguna imagen.

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