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07 febrero 2013

Septiembre

Llegó septiembre y me regalaron un bosai que pensé que moriría tan pronto como toda la vida vegetal que se cruzaba en mi camino. Sin embargo, enseguida le crecieron florecitas blancas y se engalanó.
Él tenía en aquel momento apenas dos años celebrados. No había tenido nunca una bicicleta ni sabía leer –aunque sí contar-. En uno de nuestros paseos vespertinos por los corredores del hospital me pidió que parase la silla de ruedas para fijarse despacio en una planta que intentaba alegrar un rincón triste, como lo son todos los de los sanatorios salvo los pasillos de maternidad; mucho más éste por ser testigo mudo de sufrimientos infantiles. Le acarició las hojas y me preguntó, con aquella soltura prematura que tenía con tan poca edad y que sorprendía a los extraños: Las plantas, entonces, ¿están vivas?
La mañana siguiente le llevé un tiesto pequeño para adornarle las horas de espera.
Pero llegó septiembre y, aunque no había tenido tiempo de aprender a leer, le regalamos una lápida grabada con su nombre.
Así que fue en otoño: las florecitas de mi bonsái se secaron de pronto y con la misma prisa se extinguieron ambos.
Perdí todo interés por las cosas que florecen cuando, en un gesto de conmiseración, otro alguien enterró mi bonsái seco, evitándome el vacío de tener que ver su cadáver acusador en una maceta, y me regaló un garbanzo condenado sin remedio a la corrupción, envuelto en un puñado de algodón mojado, como una promesa de resurrección entre nubes compasivas de ilusiones sin raíces.
Terminó septiembre y germinó la podredumbre.

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